PLANETA LORRAINA

El mundo: irónico, descabellado, abstracto y provocativo; se mueve inverso, autocrítico, selectivo e irrisorio…No hay reglas, pues para jugar a vivir hay que ir simplemente “con” y “contra” la corriente…

Archivos para Abril 6, 2009

ABRIL / AGOTA KRISTOF, CLAUS Y LUCAS

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Resumen: Con la simplicidad sórdida de un cuento de hadas, esta trilogía nos explica la historia de dos hermanos gemelos, Claus y Lucas, condicionados por un vínculo agonizante, que se convierte también en una alegoría de las fuerzas que han separado a Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La saga empieza con “El gran cuaderno”, donde los hermanos se encuentran a merced de su abuela, una mujer analfabeta y cruel. Lejos de rendirse ante esta amenaza, los gemelos aprenden las leyes de la vida, de la escritura y de la crueldad. Abandonados a su suerte, ellos se aplican, a diario, a anotar, en un gran cuaderno, sus progresos. La autora construye una fábula incisiva sobre los horrores de la guerra y el totalitarismo, pero también una gran novela de iniciación a la vida. En “La prueba” los gemelos se separan. Uno de ellos cruza la frontera y el otro se queda en un país alejado de la guerra pero dominado por un régimen autoritario. Sólo y privado de una parte de si mismo, Lucas, el que permanece, quiere consagrarse a hacer el bien. Cuando Claus vuelve junto a su hermano descubre que cualquier acto de generosidad viene condicionado por la maldad. En “La tercera mentira”, pasados los horrores de la guerra y los años negros del régimen de plomo, la autora construye una historia que nos enfrenta a la imposibilidad de alcanzar una verdad duradera.

Opinión: La prosa apasionada de Agota Kristof me ha dejado sin palabras. Su estilo inspirado en el teatro, género dueño de diálogos puros y sin relleno, da vida a una lectura descarnada, dueña de demoledores sucesos que retratan a la perfección los horrores de una guerra que tiene como protagonistas a Claus y Lucas, gemelos que habitan un mundo salvaje donde el instinto y la frialdad se elevan como las únicas armas de supervivencia. En El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira, tres relatos que en su momento se publicaron por separado, descubrimos -desde la mirada infantil, y posteriormente desde la adultez sin filtro- que todo acto de generosidad viene condicionado por la maldad.

Rodeados por el caos y la miseria, Claus y Lucas conviven con su abuela: una dictadora de primera categoría; una mujer que los hace trabajar sin descanso y que imprime en ellos una personalidad tan fría como aniquilante. Cada día se acostumbran a los insultos y a las palabras que hieren; y como una forma de autoeducarse, desarrollan “ejercicios de mendicidad e inmovilidad”; “ejercicios de ayuno, sordera y ceguera”; “ejercicios de tortura y chantaje” -solo por la curiosidad de experimentar lo que se siente y observar la reacción de las personas-, porque en el fondo “hay que saber matar cuando es necesario”.

En la mente de estos niños no hay espacio para los regalos porque no les gusta dar las gracias; no hay lugar para las palabras de afecto, porque desconocen lo que es el amor. Sin embargo, yace en ellos una cruel esperanza marcada en sus genes, una ácida necesidad de sobrevivir y contar su historia al resto. La “ocupación” los ha hecho ser duros como piedra, y aunque son simplemente niños su lenguaje es de una dureza garrafal. Uno de sus extractos es muy decidor:

“Escribiremos «comemos muchas nueces», y no: «nos gustan las nueces», porque la palabra «gustar» no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad. «Nos gustan las nueces» y «nos gusta nuestra madre» no puede querer decir lo mismo. La primera fórmula designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento. Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.” Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.”

La ciudad -inmersa en el hedor de la batalla- también es espectadora de su “endurecimiento de espíritu”, porque los pequeños se inmolan a si mismos, evitan sentir, transgredir el tiempo y pensar en el futuro; un mañana totalmente inexistente donde el hoy se asemeja a tablas rasas en las que van grabando -poco a poco- sus experiencias. En sus rasgos no  hay ternura ni compasión; solo una enorme capacidad de adaptarse estudiando ascéticamente, aprendiendo idiomas y desprendiéndose de si mismos ante el enemigo.

La justicia en Claus y Lucas es fría; el simple acto de matar es un hecho objetivo. En su cotidianidad deben lidiar con pederastas, conocer en carne propia la violencia y el sadismo, y ver partir a muchas personas. Lo que viene después, la verdad develada por Kristof, es aún más determinante: la felicidad no existe es un ente tan pasajero como nuestra propia muerte.

Me cuesta imaginar que todo lo que se dice en este libro sea fruto de la imaginación. La escritora húngara, es mordaz incluso para evitar palabras e interferencias que puedan distorsionar su historia. De hecho, Claus y Lucas, podría tratarse del conflicto servo croata o de la Alemania nazi; pero no hay nombres, no hay referencias, pues la guerra es siempre una sola: el dolor, la tragedia, el abandono prematuro y lo antinatural son una constante. Para algunos, Agota Kristof reinventa la realidad con ojos y palabras de “niño malo”, para mi gusto no hay maldad solo ambigüedad y una aciaga inocencia, una cordura extinta que sobrecoge como aquellos familiares esqueletos desenterrados desde el armario.